domingo, 21 de marzo de 2010

Punto y final

Es una sensación muy extraña, pero se repite cada vez que termino de leer un libro en el que he estado muy volcada. Como hacía tiempo que no podía leer debido a que tengo que estudiar, principalmente, creía que había olvidado ese sofoco y ese desazón de cuando lees la última página. Esa alarma en la mano derecha que indica que cada vez su parte es menos gruesa. Que cada vez hay menos letras que descubrir. Que se acerca el fin.
Ese libro (El médico, de Noah Gordon) lo necesito para hacer un trabajo, pero al ser una novela me lo he tomado como eso, una aventura en la que me involucro sin querer. Y tal vez ha sido un error, porque he pasado una semana enganchadísima y ayer hasta que no lo terminé (a las 4 y media de la madrugada) no me pude acostar. Y una hora después conseguí dormirme, sólo después de haber estado pensando en Robert Jeremy Cole, El médico, una y otra vez, en todo lo que había pasado, olvidado y aprendido.
Durante una semana he pensado que vivía en Ispahán, que aprendía medicina con Ibn Sina (Avicena) y que era una gran médico.
Tras el punto y final del libro, me sobrevino una sensación muy extraña, pero conocida. Me sentía mal, porque Jesse Ben Benjamin, Rob J. Cole y todos los personajes se habían acabado de esfumar del universo humeante de mi mente, y probablemente jamás volverían. Sentí que era el final de una especie de vida, y que ninguna otra sería igual. ¿Cuántas vidas habré tenido a mi paso a través de estas historias? Centenares, tal vez miles. Y siempre, al terminar, tengo la sensación de que el mundo se acaba y nunca llega el siguiente, la sensación de que algún personaje debe rescatarme pronto del mundo real si no quiero convertirme en una "gris", como en Momo.
Creo que es esto lo que me convierte en una lectora empedernida. La búsqueda de otras vidas en las que apoyar mis hombros y dejarme llevar. He sido Alicia, tomando el té con el sobrerero y la liebre. Pero también he sido Margaret, la joven librera que escribe una biografía del personaje a quien más admira en "El cuento número trece". Curiosamente la persona a quien más admira es una escritora misteriosa.
He vivido con Los Cinco en Kirrin, he vivido en Nueva York con Frank McCourt y he dado clase a sus alumnos; casi he tocado cada nota de La Décima Sinfonía explorando sus secretos con el joven musicólogo Daniel Paniagua; he seguido a la tortuga Casiopea por las calles, lenta y pacientemente... Y en estos últimos siete días he viajado de Inglaterra a Ispahán con el objetivo de convertirme en médico. Tenía 9 años cuando empezó la aventura, y muchos más cuando terminó.
He odiado, amado, muerto, nacido y enfermado miles de veces, pero siempre se mantiene esa chispa que recorre a cada uno de los personajes de las historias. La vida.
Cuando leemos damos vida a los libros. Es como si los hiciéramos despertar de un largo sueño. Algo así se mencionaba en "El cuento número trece", y tiene toda la razón del mundo. Despertamos a los personajes para ponernos sus ropas y su personalidad. Y cuando acabamos, ellos se duermen y nosotros hemos crecido un poco. Hemos aprendido un poco. Ya somos un poco más personas.

sábado, 13 de marzo de 2010

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Ayer aprendí algo nuevo: lo triste no es siempre malo.
Es más, si no existiera la tristeza, no conoceríamos la felicidad.

Del mismo modo que cuando, después de meses sin verte, te abrazo, ese abrazo es mucho más fuerte.

sábado, 6 de marzo de 2010

Soy algo triste

A estas alturas, todavía me pregunto por qué se me escapan palabras que no quiero decir.
Pienso que lo inevitable se puede cambiar, y cuando lo inevitable sucede me digo a mí misma: por qué me puse esas alas si luego no pude ni saltar?
Es algo triste.
De todas formas, está decidido. Lo inevitable va a cambiar.
Todos tenemos derecho a abrir una ventanita en el folio blanco del destino e incluir un paréntesis. Cuando se escriba, simplemente será mejor.
No estoy pidiéndole una segunda oportunidad, ni una tercera. Estoy reciclándome. Quiero sacar lo mejor de mí a partir de ahora. Nunca antes había estado tan segura de nada.

A estas alturas es tarde para ponerme triste con los resultados; creo que valdría la pena hacer algo con más sentido para que la próxima vez no haya tristeza, sino otra cosa.
Me conformo con cualquier otra cosa.
Esto también es triste.

Probemos con otro plan: voy a levantarme y a no quejarme tanto. Ni del horario, ni de las decisiones de ellos, ni de lo lejos que estás. Simplemente dejaré la mente en blanco para poder escuchar lo que más me interesa: tengo demasiado que aprender.
Ya no parece tan triste.

Ahora algo más: sonríe.