jueves, 6 de septiembre de 2012

Pobres de nosotros. Literalmente.

No sé qué le está pasando al mundo, pero cada día destacan sobre la mayoría 4 ó 5 noticias más o menos impactantes. Que si una concejala dimite, pero no, pero sí, porque desde el ayuntamiento de su localidad han difundido un vídeo suyo que pretendía ser privado, que si la canciller alemana queda impresionada (para bien, aunque parezca mentira) por los recortes, que si estos mismos recortes impiden que se desarrolle la diversidad de opiniones y se cargan hasta el derecho a tratamiento de un enfermo crónico...
Entre tanta "noticia" se cuela el futbolista de turno, que dice encontrarse triste. ¡Pobrecito! Ni se imagina lo triste que me resulta a su lado esto (muchos estudiantes no pueden seguir con sus estudios, ni siquiera empezarlos) o esto (Gallardón indulta a un ex alcalde con 12 delitos de corrupción urbanística). No es necesario que diga nada sobre mi orientación política, mis ideas religiosas o mi nivel de estudios. Cualquier mente pensante debería sentirse atónita y preocupada sobre el nivel que están alcanzando los acontecimientos. ¿De verdad en algún momento, a alguien le puede parecer normal viajar en un vagón de tren al lado de un enfermo de tuberculosis sin tratar porque no puede pagar, con el riesgo que eso conlleva? ¿Qué somos, Estados Unidos? ¿Y qué decís de la impasibilidad ante la no-justicia? ¿Es lógico que a un corrupto lo juzgue un jurado popular?

Ya sabéis, en el momento en que cumpláis 26 añitos y no hayáis cotizado, os quedáis sin derecho a médico de cabecera. Y todo para que Alí Babá y los 40 ladrones sigan comiendo solomillo y bebiendo Moët & Chandon (y por supuesto, acudiendo a la sanidad privada) mientras le dicen a una cámara que nosotros, los que nos tenemos que sacrificar siempre, "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades".

Estoy decepcionada y cabreada. El lugar en el que creía que viviría y tendría hijos se está convirtiendo en un erial donde sólo crecen las malas hierbas y los parásitos chupones. Si no eres hijo de alguien influyente, no eres nada, y si no eres nada les importa un comino que estés enfermo, que no puedas pagarte los estudios o que tengas hambre. Esto ya no es un país que garantice las libertades. La justicia brilla por su ausencia. La desesperación arrasa con lo que puede, pero también es débil. Tiene cara de mujer, madre y pobre. De momento.

No quiero imaginar adonde llegaremos con todo esto, porque cada vez que intento imaginarlo se me anticipa la realidad. Supongo que lo que tenemos que hacer es intentar sobrevivir y ser humanos, ahora más que nunca, con la gente que más lo necesita. Y desde mi humilde opinión, no estaría mal darle algún susto a los de arriba. Que se les caiga la copita de Moët y les manche su carísimo traje.

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