domingo, 17 de noviembre de 2013

Viernes

Viernes, dos de la tarde. Bajo del bus que me lleva a casa, me arrastro cual culebrilla para poder llegar a mi maleta (cómo se nota que soy la última en bajar... la han empujado hasta la otra punta) y me dispongo a recuperar la dignidad ante todos los coches que están parados esperando a que el bus arranque de nuevo.
Viernes. Coincido con los no tan pequeños estudiantes del instituto, mi antiguo -no tan antiguo- instituto. Mi primer pensamiento es: qué a gusto estoy en la universidad y qué mal lo pasaría si tuviera que volver a someterme a esa tortura de hormonas, imposición de asignaturas que odio, barro en medio del jardín cuando llueve. Aun así, fueron 6 años que me hicieron casi lo que soy, para bien o para mal. Así que el rencor se mezcla con nostalgia y con el recuerdo de aquellos profesores que supieron sacar lo mejor de mí, que me aconsejaron cuando me vieron perdida, que me enseñaron tanta filosofía y me hicieron valorar lo que tengo y lo que puedo tener si me lo propongo. Esos compañeros y compañeras que, con el tiempo, te sacan de la dicotomía blanco-negro y te hacen ver un asombroso abanico de matices en la manera que tienen las personas de comportarse y en sus motivos para tomar determinadas decisiones. Esa gente que te hace ver que la diversidad, las diferencias, son lo que nos hace únicos y por lo que vale la pena conocernos, no lo que nos excluye.
Aprendí muchas cosas y gracias a todas ellas, años después, pasaba por allí con mi maleta. Qué curiosa la sensación de volver la vista atrás y reconocerme como una especie de fantasma.

Viernes. Casi nunca paso por allí a la hora en la que suena el timbre. Mi autobús me deja cuando ya están todos en casa. Les miro con curiosidad: ¿qué pensarán? ¿qué querrán ser de mayores? ¿serán tan valientes de seguir soñando?
Los veo y no puedo evitar sentir una punzada de pena.
Son tan jóvenes...
Entre ellos hay potenciales bailarines, ingenieros, pintores, músicos, fotógrafos, médicos, abogados, químicos, traductores, filósofos, maestros, matemáticos...
Un auténtico hervidero de ideas que se pueden apagar. Una generación abandonada a su suerte que camina entre adoquines rotos.

Yo he estudiado desde los 4 años en la educación pública. Niños de todas las procedencias imaginables, niños con necesidades especiales, con problemas de humanos, con ilusiones y sueños algunas veces ensombrecidas por las circunstancias personales en las que se encontraban. Entre mis amigos del colegio hay tres músicos, una filóloga, tres médicas, una física, una politóloga, una maestra... hemos tenido la suerte de poder crecer con nuestros sueños y llevarlos a cabo.
Ahora, en quinto de carrera, miro atrás, vuelvo al instituto y sólo puedo ver chicas y chicos con un borrón en el futuro. Ojalá la mayoría consiga su sueño, aunque estoy segura de que cierto porcentaje de ellos lo va a tener difícil. Luchar contra dos frentes con tan temprana edad debe ser algo realmente duro. Las posibilidades de conseguir lo que querían ser de mayores se reducen a "si tienes beca", "si es una carrera corta y no muy cara", "si...". Si.
Que el dinero sea una barrera tan importante para cosas tan importantes es una verdadera contradicción.
Que una persona usuaria de los servicios públicos no se los pueda permitir, otra.

Viernes. Está nublado y a punto de llover. Ojalá pueda ver alguna de estas caritas en poco tiempo por mi facultad. Ojalá tengáis una oportunidad para demostrar lo que valéis. Desde el otro lado estamos haciendo todo lo posible.
El futuro es vuestro: dadle una patada al culo y que espabile!

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